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  • Magali Lopez

No hay corazón duro para Dios.


La biblia relata en el libro de Éxodo que Dios en el Monte Sinaí dio instrucciones precisas a Moisés para construir el Tabernáculo en el desierto. Este lugar sería el símbolo de la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel.


El Tabernáculo estaba compuesto por dos partes principales: el atrio (o patio exterior) y la tienda o santuario, que a su vez era conformado por el lugar santo y el lugar santísimo; tiempo después, el Templo de Jerusalén - que sustituyó el Tabernáculo - tuvo esta misma división.


Cuando Jesús murió en la cruz del calvario varios sucesos ocurrieron, entre ellos que ese velo del Templo se rasgó:


“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y la tierra tembló y las rocas se partieron;” Mateo 27:51.

Según el historiador Flavio Josefo, el velo era tan resistente que si caballos hubieran tirado de cada lado no hubiesen podido rasgarlo.


Al recordar el día que pasé por primera vez a un altar, vino a mi mente este hecho del velo. No había ido a la iglesia más de tres o cuatro veces y lo hacía solo por la insistencia de mi mamá. Aquel domingo me senté en la última fila de sillas de la iglesia, con la única idea que esa “misa” se acabara rápido para dejar el lugar. No sabía mucho sobre qué se hacía en una iglesia cristiana. Hasta ese momento tampoco tenía claro si Dios existía o no. Las clases de filosofía del colegio me inclinaban por un no.


El predicador solo tenía un cuaderno con sus apuntes. No era un mensaje estructurado como los de hoy en día. Si me preguntan, no recuerdo nada de lo que dijo. Lo único que tengo presente, es que al final mencionó que Dios estaba en ese humilde lugar y que era poderoso. Aunque intente no llorar porque no quería que nadie me viera, no pude evitarlo. Ese día fue como si un velo hubiera caído de mis ojos y sentí que esa presencia era cierta.

Sin embargo, tuve una lucha interna para pasar al altar, pues me parecía un compromiso muy grande. Finalmente me solté de la silla rimax blanca donde estaba sentada (casi atornillada) y pase a ese “humilde” lugar a seguir llorando porque sentía en mi corazón algo inexplicable.


Hoy te invito a creer que Dios puede cambiar la vida de tus seres queridos, amigos y la tuya misma. Quiero que sepas que Dios solo necesita una oportunidad, le basta una oración, una palabra, una canción o una situación para tocar incluso aquel corazón de piedra, que puede parecer tan duro como el velo del templo. Hoy te invito a que, ¡te sueltes de la silla y creas¡.

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